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lunes, enero 11, 2010

Esta homilía provoca la petición de cárcel para el arzobispo de Granada

Monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada, explica en esta homilía a sus fieles en qué consiste el "derecho" al aborto.




Queridos sacerdotes, niños de la escuela de cantores, hermanos y amigos: Viendo cómo marcha del mundo, cada vez es menos difícil percibir hasta qué punto la celebración de la Navidad es incorrecta, porque la Navidad sacude los cimientos de este mundo para salvarlos, para recuperarlos iluminados y purificados por la gracia y la misericordia de Cristo.

Pero hoy la Navidad estorba, Cristo estorba, la cruz estorba, los cristianos y la Iglesia estorban a los que tienen la pretensión del poder absoluto. Es algo muy comprensible: la pasión del poder siempre ha sido muy fuerte en los hombres. Tan fuerte, tan poderosa y tan permanente en la historia como la lujuria, la envidia o el egoísmo, como cada uno de los siete pecados capitales. Estos pecados acompañan toda la historia humana, y es evidente que los seres humanos no somos capaces por nosotros mismos de liberarnos de ellos. Sólo Cristo tiene el poder de liberarnos de los pecados capitales.

En el mundo actual se hace cada vez más visible la gran verdad que recordaba Juan Pablo II y que de otras mil maneras no deja de repetir Benedicto XVI: es posible construir un mundo al margen de Dios, al margen de Jesucristo -estamos asistiendo a su construcción-, pero se trata de la Torre de Babel. Este mundo morirá aplastado por sí mismo, por su propia pretensión de absoluto, y su caída será el signo, la señal de que un mundo contra Dios es un mundo contra el hombre. ¡Dios no es nuestro enemigo! ¡No es nuestro adversario! Es la única tierra firme sobre la que una vida humana -verdaderamente humana- sobre la que un amor humano -verdaderamente humano- sobre la que una sociedad humana, un trabajo humano, una economía y una política humanas pueden ser construidas.

¡Cuántos pecados hay en la historia cristiana que podemos reconocer visibles! ¡Tangibles! ¡Cuántos crímenes y asesinatos! Nos lo echan en cara constantemente como si nos avergonzaran. ¡No los ocultamos! Lo que sorprende no es el pecado ni el escándalo. Lo que sorprende no es que el mundo sea mundo. Lo que sorprende es la santidad, y la Iglesia siempre ha estado llena –y lo sigue estando ahora- de santidad. Lo que provoca sorpresa, estupor, asombro, y al mismo tiempo deseos de participar de su luz y de su gracia, es la santidad. ¿Pero qué es lo que produce un mundo sin Dios? Lo que produce nuestro mundo: desesperanza, tristeza, y una desvalorización cada vez más radical.

Pocas imágenes en la historia más tristes que la que han ofrecido nuestros parlamentarios aplaudiendo lo que por fin se ha convertido en un derecho: matar a niños en el seno de la madre. ¿Y a eso le llaman progreso? Se promulga una ley que pone a miles de profesionales (médicos, enfermeras,…) -sobre todo a ellos- en situaciones muy similares a las que tuvieron que afrontar los médicos o los soldados bajo el régimen de Hitler o de Stalin, o en cualquiera de las dictaduras que existieron en el s.XX y que realmente establecieron la legalidad de otros crímenes, menos repugnantes que el del aborto. Porque es de cobardes matar al débil.

Hubo en la Edad Media -en esa preciosa Edad Media que nadie se atreve a recordar porque tampoco es políticamente correcto- una orden militar cristiana donde los caballeros hacían el juramento de no combatir nunca con menos de dos enemigos a la vez, porque para un caballero cristiano era indigno combatir de igual a igual con quien no era cristiano. El mundo puede llamarlo estupidez. Yo le llamo valor. Pero matar a un niño indefenso, ¡y que lo haga su propia madre! Eso le da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer, porque la tragedia se la traga ella, y se la traga como si fuera un derecho: el derecho a vivir toda la vida apesadumbrada por un crimen que siempre deja huellas en la conciencia y para el que ni los médicos ni los psiquiatras ni todas las técnicas conocen el remedio.

Sólo existe una medicina para este crimen: el perdón, medicina que sólo conocemos los cristianos. Un médico que haya practicado cientos de abortos y que algún día caiga arrodillado, asombrado de su propia mezquindad humana, es abrazado por el Señor. Una adolescente engañada por el chico que abusó de ella o por sus padres, o por la imagen que tiene de sí misma, siempre tendrá en la Iglesia una casa, una familia y una madre. Ayer mismo me referían el precioso testimonio de un niño deforme que había nacido sin un brazo y una pierna. Hoy casi es un adulto. Me contaban la alegría con la que vive su situación, cómo se baña en la playa junto a sus amigos con su brazo y su pierna ortopédica, y me decían que esa risa no existiría hoy en la creación si una madre hubiera decidido que no era estéticamente correcto tener un niño así.

Queridos hermanos, el mundo está en tinieblas, y un mundo así está abocado a la violencia y al pecado, al abuso de los hombres con los hombres. Esta licencia para matar no es más que un primer paso de la pérdida de libertad en nuestra sociedad, el primer paso –gravísimo- que anuncia que estamos ya en una nueva y terrible dictadura -¡terrible!- y que la libertad es una palabra vacía, porque el Estado tiene el poder de decidir para qué sí o para qué no somos libres, de decidir quién tiene derecho a vivir y quién no, qué es lo que tiene que haber en nuestra conciencia, cómo llamar a las cosas, o cómo deben ser nuestras relaciones humanas, incluso las más íntimas, qué es o no un matrimonio. No es una dictadura, no, es el tipo de autoritarismo tiránico de las sociedades primitivas. Y nosotros lo permitimos con una pasmosa tranquilidad, lo consentimos sin alterarnos porque el show tiene que continuar, porque tienen que seguir el consumo y la fiesta.

Hoy toca fiesta, no se sabe porqué. Porque si se celebrara o se tuviera realmente conciencia de lo que significa que Cristo ha nacido, sería imposible no vivir estas fiestas con un corazón grande y sencillo que no necesita gastar casi nada, que sólo necesita la amistad y los afectos de unos por otros, regalos que no tienen precio y tan sencillos como que estéis cerca o que alguien juegue más con sus hijos. Que cristo haya nacido significa que toda vida es sagrada, no sólo desde su concepción, sino desde toda la eternidad. Hemos sido amados y queridos por Dios, antes incluso de que hubieran nacido nuestros padres.

El ser humano no está por encima de Dios. Puede destruir su obra, como podemos destruir este mundo o millones de vidas con una bomba atómica, pero la herida que deja en nosotros, en nuestros hermanos y en la tierra, el retroceso que significa para la humanidad en tanto que humanidad, en tanto que seres capaces de usar la razón, la libertad y el amor que nos definen frente a las demás especies animales, es enorme.

Es la humanidad la que retrocede con este genocidio silencioso al que se nos invita y que ahora se promueve, genocidio que se impone a ciertos profesionales como si fuera una obligación –repito: el mismo tipo de obligación que las que tenían los oficiales en los campos de concentración de Auschwitz o Dachau, en los que no podían rebelarse porque eran órdenes superiores-.

Nosotros no tenemos que luchar contra nadie, tan sólo celebrar bien la Navidad, la eucaristía. Sólo tenemos que ser lo que somos, expresar que porque Cristo ha nacido toda persona -hasta el anciano con demencia senil más humilde y pobre, hasta el muchacho deforme- es la imagen viva del Dios que es amor, del Dios que se ha entregado por nosotros para rescatarnos del pecado y la desesperanza. El tono de mis palabras puede haceros pensar que estoy haciendo campaña. Ni mucho menos. Se trata de libertad, libertad que no la dan las leyes, sino que nace de Dios, y que nadie nos puede arrebatar. Libertad para vivir y amar al mundo, a las personas, y amar no con un amor místico, ¡sino con el amor humano en el que se ha encarnado el Hijo de Dios! Cada uno en su vocación y en su puesto puede querer apasionadamente a las personas que el Señor le pone delante: jefe, compañeros de trabajo llenos de envidia, gente insoportable, o ese familiar que siempre te echa en cuenta cosas que se imagina.

Os doy dos consejos muy sencillos para vivir la Navidad. El primero es que nos paremos un momento a adorar al niño Jesús en el Belén que hay en vuestras casas. El significado del Belén es que vuestra vida, la de vuestros hijos, la de cada persona con la que nos cruzamos por la calles es preciosa, que cada vida vale más que todos los retratos del Museo del Prado, porque es una imagen viva y hablante de Dios. ¡Eso es la belleza! Pararos un momento y explicadle a los niños que vivimos de una forma distinta al mundo porque sabemos esto, no simplemente porque lo creemos, sino porque tenemos la experiencia que nos ha entregado la Iglesia, la experiencia de que a la luz del Belén, como a la luz de la mañana de Pascua, es posible, en medio de un mundo de pecado, vivir entre nosotros una humanidad bellísima, incomparable, donde se ve a Dios en cada rostro humano de cualquier lengua y clase social. ¡Pararos un momento para daros cuenta! No significa eliminar las celebraciones normales con turrón y champán. Precisamente es esto lo que les da sentido. Porque si falta este sentido entonces uno puede comprender a las personas que dicen que son las fiestas más tristes, porque les falta un hijo o porque les ha sucedido cualquier otra desgracia. ¿Cómo abrir entonces una botella de champán? ¿Cómo cantar y celebrar entonces la alegría? ¡Claro que sí! No a lo mejor con la superficialidad de muchas cenas o villancicos tal como los celebramos o vivimos en ocasiones, pero sí con la conciencia de que gracias al nacimiento de Cristo el llanto por un hijo muerto no es la última voz que resuena en la creación. Por todas partes resuena otra voz mucho más poderosa que abraza hasta al pecador más terrible, un voz cuyo amor lo único que hace al ver nuestra miseria es llorar por nosotros.

Jesús le dijo a las mujeres: “No lloréis por mí” (Lc 23, 27-31), porque estaba desempeñando su oficio, ¡el oficio de amar! “Llorad más bien por vuestras y por vuestros hijos”. Este es el primer consejo: pararse un momento para ser conscientes de ese amor. El segundo es este: pensad en diez regalos que no se compren, de los que no cuestan, regalos que valen mucho más que los que se pueden comprar. Dádselos a vuestra mujer o a vuestro marido, decidle algo a la persona que no soportáis en la cena, responded con amor a una ofensa y no entréis en su juego, escuchad unos minutos a la persona que no aguantáis sin protestar interiormente, haced algo que sea bello, que os construya. En el pasaje de un evangelio apócrifo se dice que Jesús caminaba con sus discípulos cuando se toparon con el cadáver de un perro descomponiéndose. Los discípulos le dijeron: “Jesús, qué mal huele”, pero Jesús les hizo notar que sus dientes eran muy blancos. No hay, pues, ser humano por el que no podamos hacer esto. Ese es el regalo que tenemos que aprender para extender así el testigo del amor, el tejido de la Iglesia. No os olvidéis de intentarlo. Si no podéis diez haced cinco, y si no dos. Pero no dejéis pasar la Navidad sin hacer un regalo de los que no se pueden comprar o pagar. Porque no tienen precio.




viernes, mayo 22, 2009

¡Gracias, Santo Padre!

Este artículo de Mons. Martínez fue publicado en la Revista Fiesta junto a una síntesis del Comunicado de la Conferencia Episcopal Regional de África Occidental (CERAO), cuyo documento completo pueden encontrar a continuación del artículo del Arzobispo de Granada.

Los dos hechos que siguen me han sido contados por sus protagonistas.

En un país de América Latina, una médico, ginecóloga, premiada como la mejor médico del país por el gobierno de su nación, ha dedicado parte de su vida profesional a impartir un programa de educación afectiva y sexual a adolescentes y jóvenes. Es un programa con una duración de seis meses, y un trabajo semanal a lo largo de ese período. El programa consiste en dar a conocer con detalle suficiente a los jóvenes (ellos y ellas) el funcionamiento del cuerpo humano en relación con la sexualidad y con el afecto. Con detenimiento y cariño, por ejemplo, se les acompaña a las muchachas a conocer sus ciclos reproductivos, y a todos a descubrir la belleza de la sexualidad y su funcionamiento, a reconocer el misterio que somos y lo bien que Dios nos ha hecho. Es un programa magnífico, creado por una médico norteamericana (una religiosa) que ha trabajado muchos años como ginecóloga en Pakistán y en Bangladesh.

Nuestra médico de América Latina estaba impartiendo su programa en un colegio de la capital de su nación al que asistían las hijas del ministro de Educación. Un día, en el entreacto de un teatro, coincidieron el ministro y la médico. Fue el ministro quien vio a la médico, y se acercó a ella para felicitarla: “¡Doctora, qué alegría verla! ¡No se puede hacer idea de lo contentas que están mis hijas! ¡Vienen a casa y no paran de hablar de lo bonito que es su programa y del bien que les hace! ¡Enhorabuena!” El ministro siguió en esa vena por un rato, hasta que la médico le dijo: “También a mí me alegra, ministro, que sus hijas estén tan contentas, y que usted haya tenido la ocasión de ver el valor que tiene un programa planteado así. ¿Qué le parece si desde el Ministerio se permitiese que en los colegios públicos donde los padres lo pidieran —las hijas del ministro estudiaban, como es natural, en un colegio privado—, pudiéramos también dar el mismo programa?” “¡Ah! ¡Eso no, doctora! ¡Eso no puede ser! A unos pocos se les puede educar, pero al pueblo hay que darle preservativos”.

Vamos con la segunda:

En este caso era una médico norteamericana, que trabajaba en Ghana, en un centro de Atención Primaria. Había estado en la Conferencia Internacional de El Cairo sobre la Población y el Desarrollo, en 1994, y de retorno a América, antes de volver a su misión, pasó por España. Coincidimos en un acto, nos presentaron y estuvimos hablando un buen rato. En el centro donde ella trabajaba, en una zona sumamente deprimida —me dijo—, morían todos los días niños deshidratados a causa de una simple colitis, por falta de suero fisiológico, y por la ignorancia de las madres. Sin embargo, el centro estaba literalmente “lleno” —o tal vez sería mejor decir “invadido”— de cajas y cajas de preservativos que ciertas compañías americanas y europeas les enviaban gratis, hasta no saber qué hacer con ellos, porque ocupaban un espacio en el centro que no tenían, y que necesitaban para cosas más urgentes y más graves.

Cui prodest? ¿Quién paga el anuncio? ¿Qué visión del ser humano y de la vida —y de las distintas clases de seres humanos, y de vidas humanas— se esconde detrás de estas historias? ¿Quiénes, qué poderes y qué industrias, se benefician de la despoblación de África, y piensan ya sin duda en los futuros beneficios de sus inmensas riquezas y reservas naturales? Sin duda, los mismos que degradan sin cesar y sin límite nuestra propia humanidad y la dignidad de nuestro pensamiento cuando deciden —y nadie sería capaz de explicar racionalmente en virtud de qué poder—, promover entre nosotros la banalización absoluta del uso del cuerpo humano y del sexo.

Los mismos que deciden que el matrimonio —esa maravillosa y fragilísima realidad humana, o mejor, divina— no es un bien que necesita ser protegido. Los mismos que han decidido que a cualquier cosa —incluso constitutivamente estéril— se la puede llamar matrimonio, haciendo burla de los millones de personas de las que ellos viven, porque son quienes pagan como pueden sus impuestos, aunque ninguna de esas personas —absolutamente ninguna— haya nacido de esas uniones estériles. Los mismos que deciden que matar a un ser humano, siempre que no haya nacido y no tenga voz para gritar, ni acceso a los medios de comunicación para defender sus derechos, ni un sindicato que le defienda, es legítimo, con tal de que les convenga a alguno de los adultos implicados. Los mismos que están a punto de decidir “una salida” igualmente digna y honrosa “a favor” de quienes han dejado ya de producir, para que no sean una carga para la Seguridad Social. Los mismos que piden mil controles para obtener un antibiótico, pero dan a menores, sin que sus padres lo sepan, sin rechistar y sin comentario, y todas las veces que haga falta, una píldora abortiva cuyas consecuencias, absolutamente conocidas en caso de abuso, no se quieren decir, para que no quede rastro o huella alguna, para que nadie les pueda reclamar el día de mañana por este crimen contra la humanidad de nuestros adolescentes (y contra su salud mental, afectiva y corporal).

Lo que se silencia es el dato —perfectamente constatado— de que el uso masivo de los preservativos no ha detenido el sida en África, sino que lo ha propagado. Y se silencia el número de suicidios que se producen entre las mujeres que han abortado. Y se silencia la amargura infinita y el dolor en que viven la inmensa mayoría de las que se han creído que “eso” era un derecho, y no saben que sería mucho mejor que fuese un pecado, porque los pecados, todos los pecados, HAY quien los perdona, y quien nos ama y nos abraza y nos cura. Y se silencia que, según estadísticas oficiales, en Andalucía, la primera causa de muerte entre los adolescentes y jóvenes no son los accidentes de tráfico, sino el suicidio. Y como se silencia, nadie se pregunta por qué. No hace falta preguntarse, porque es obvio que vivimos en el País de las maravillas. Y estamos lanzados hacia el progreso. Desde luego, a toda velocidad. A tanta velocidad, que ya no podemos saber hacia dónde vamos, si hacia el progreso o hacia el abismo.

¡Qué difícil es no pensar en aquella escena de El tercer hombre en la que Joseph Cotten y Orson Wells mantienen una conversación en la noria del Prater de Viena! En aquella Viena destruida por la II Guerra Mundial, Orson Wells vendía de estraperlo penicilina adulterada, con terribles consecuencias para quienes la usaban, incluso cuando sobrevivían. Lo importante es mirar a los hombres de lejos, como desde lo alto de la noria, hasta que no sean más que puntitos... “Si te ofrecen veinte dólares por cada uno de esos puntitos que dejara de moverse, ¿cuántos crees que se resistirían? ... Y libres de impuestos, amigo, libres de impuestos...” Con un cinismo helador, Orson Wells continúa: “Los gobiernos lo hacen, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?” La sociedad de los puntitos vistos de lejos, vistos en las estadísticas, es ya nuestra sociedad. La vida del hormiguero industrioso al servicio de los intereses económicos y políticos de los poderosos podría ser nuestro futuro. Lo más sarcástico, lo más esperpéntico de todo, es que parecemos dirigirnos hacia ese futuro tan alegres y confiados como unos párvulos a los que sus maestros llevan de excursión.



Lo que el Santo Padre ha dicho en África es, sencillamente, que tenemos necesidad de cambiar nuestra mirada sobre la sexualidad. Y también que tenemos necesidad de cambiar nuestra mirada sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Dos verdades evidentes. Antes que ninguna otra reflexión acerca del derecho del Papa a hablar, o acerca de qué cosas puede o no puede, o debe o no debe hablar, lo que se impone recordar es, SOBRE TODO, QUE LO QUE HA DICHO EL PAPA ES VERDAD. Es verdad para África y es verdad para nosotros. Es verdad para todo el que no se resigne a que nuestra sexualidad, ni nada en nuestra vida, sea como en la vida de los animales. Es verdad para todo el que no esté dispuesto a resignarse a que su futuro sea formar parte, solidaria y alegremente, del hormiguero universal, controlado por esa nueva casta de Grandes Hermanos que se multiplica como las setas. Hay una forma más bella, mejor y más humana de vivir la sexualidad. Hay una forma mejor, más bella y más humana de afrontar nuestra fragilidad y nuestra miseria, nuestra enfermedad y nuestra muerte. ¡Gracias, Santo Padre, por tener el valor de decirnos la verdad, a nosotros y a nuestros hermanos africanos! ¡Gracias por reclamarnos a todos a una vida de primera clase, a una vida verdadera y plenamente humana! ¡Millones de hombres pedimos al Señor todos los días para que no se canse, para que no ceda, para que el Señor le sostenga y siga siendo libre!

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada


COMUNICADO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL REGIONAL DE ÁFRICA OCCIDENTAL (CERAO)

Estamos todos sorprendidos y atónitos por el modo en el que una frase del Santo Padre, Benedicto XVI, sobre su primer viaje apostólico a África, ha sido completamente sacada de su contexto directo e indirecto para hacer de ella el hilo conductor de todas las transmisiones de la Rfi (Radio Francia Internacional) y de otros medios de comunicación franceses.

El colmo es el ocultamiento sistemático de todas las demás ideas expresadas en la entrevista y la minimización de todo aquello que el Santo Padre ha querido comunicarle a África como motivo de esperanza, tanto en Camerún como en Angola. Precisamente por esto, ¿acaso no está claro que es la Iglesia y su misión evangelizadora el motivo de la arremetida de los autores de oscuridad?

Nosotros, los obispos de la Conferencia Episcopal Regional de África Occidental (Cerao) hemos analizado los hechos y queremos declarar lo siguiente:

Demoler la moral es un crimen contra la humanidad
El SIDA no podrá ser aniquilado quebrando la fuerza espiritual y moral de los hombres, especialmente de los adolescentes y de los jóvenes, volviéndolos frágiles y convirtiéndolos en paquetes de deseo sexual sin los elementos reguladores previstos por el Creador.

Privar al niño, al adolescente y al joven de la preparación para el dominio del espíritu sobre el cuerpo y sobre los impulsos, la denominada educación sexual, es un crimen contra la humanidad. En este sentido, los eslóganes publicitarios y la distribución de preservativos no podrían ser otra cosa más que irresponsabilidad y crimen contra la humanidad.

Propósitos irreverentes, injuriosos y sacrílegos
Para nosotros africanos, el Papa es el padre de la gran Familia que es la Iglesia y, como tal, le debemos respeto y afecto. Según nuestro parecer, desde el mero punto de vista de nuestra cultura africana tradicional, por no hablar aún de la fe, es un sacrilegio que hijos e hijas de la Iglesia que se profesan católicos ataquen al Papa con vulgaridad, arrogancia e injurias, como se han permitido hacer algunos periodistas y personalidades francesas, españolas y europeas. Deploramos y condenamos estas declaraciones irreverentes e injuriosas.

El atentado post-moderno contra la verdad y sus consecuencias violentas sobre las relaciones humanas
Sin embargo no pertenecemos a una cultura sino por causa de la verdad más profunda de nuestra humanidad. Y la humanidad, que es común a todos, es única; se concreta en un cierto número de derechos y deberes inseparables de la dignidad de toda persona humana. Es absolutamente intolerable que un pequeño grupo de operadores de medios de comunicación – en ocasiones, por desgracia, africanos sin escrúpulos que se apuntan a la riqueza “sucia” de aquellos que han expoliado a sus propios pueblos-, se atribuya el derecho de deformar la verdad para presentarse a sí mismos como benefactores y responsables ante la situación dramática de nuestros hermanos y hermanas portadores del virus del SIDA, presentando al Santo Padre como un personaje ‘irresponsable’ y desprovisto de humanidad y así poder injuriarle e intentar atizar contra él a una masa de individuos que se consideran con el derecho de hablar de lo que no se han preocupado de conocer con precisión. Olvidan que, actuando de este modo, pierden crédito profesional, pues existe una diferencia fundamental entre crear noticias sensacionales y escandalosas e informar.

Deploramos y condenamos el atentado contra la verdad que es el pecado de nuestro mundo postmoderno, del cual derivan las graves heridas que la Santa Iglesia, nuestra Madre, está sufriendo cada vez más. ¿Qué mundo es éste en el que no se dedica tiempo a escuchar al otro, a escucharlo en profundidad, y se le hace decir lo que se quiere que diga? La sabiduría africana y la sabiduría bíblica, ambas fundamentadas sobre la escucha, quieren proponer otra visión del mundo.

Profunda unión de pensamiento y corazón entre Benedicto XVI y la Iglesia
Nosotros, los obispos africanos, damos las gracias de corazón al Santo Padre, que tiene tanta afinidad con nosotros, por nuestra comunión de pensamiento sobre la Iglesia y por nuestro compromiso común a favor de los pobres, de los heridos por la vida y de los pequeños.

¿Quién ignora que las palabras Iglesia, Casa (Familia) y Pueblo de Dios; Iglesia, Fraternidad Cristiana e Iglesia-comunión, las ha hecho suyas? Ha creído y viene trabajado en ellas desde hace tiempo, primero como joven teólogo y más recientemente como cardenal prefecto de Dicasterio. También nosotros creemos en ellas y estamos a pié de obra para edificar en África, la Iglesia - Comunión como Familia de Dios y Fraternidad de Cristo. El Papa ha venido a nuestra casa para confirmarnos en esta fe. Le estamos agradecidos por ello.

Iglesia en África, una Iglesia portadora de esperanza
Le agradecemos también el mensaje de esperanza que (el Santo Padre) ha venido a entregarnos en Camerún y en Angola. Ha venido a animarnos a vivir unidos, reconciliados en la justicia y la paz para que la Iglesia en África sea ella misma una llama ardiente de esperanza para la vida de todo el continente. Y le damos las gracias por habernos replanteado a todos, con delicadeza, claridad y agudeza, la enseñanza común de la Iglesia en materia de pastoral de los enfermos de SIDA.

Humanización de la sexualidad y don de sí-mismo a los enfermos de Sida
Nos anima a todos a vivir y a promover la humanización de la sexualidad y el don de la propia humanidad para estar junto a los hermanos y hermanas afectados por el Sida y ayudarlos, como la auténtica actitud responsable de los católicos ante los enfermos de SIDA y ante todos aquellos que aman auténticamente a los africanos golpeados por este mal. Acogemos su mensaje, que expresa asimismo nuestra propia postura. Y declaramos todos nosotros unidos a él:

“No se puede superar este problema del Sida sólo con eslóganes publicitarios. Si no ponemos en ello nuestra alma, si no ayudamos a los africanos, no se puede eliminar esta plaga con la distribución de preservativos: al contrario, así tomamos el riesgo de aumentar el problema”. Estas son las palabras de Benedicto XVI que un martilleo mediático se ha esforzado en disfrazar. Inutilmente.

Responsabilidad de los medios
Decir menos es despreciar al africano y mostrarse interesado en matar aquello que hay de auténticamente humano en el hombre negro, cuyas tradiciones, por ejemplo, atribuyen gran valor a la castidad que se verifica en el matrimonio. Deploramos y condenamos esa pretendida responsabilidad respecto del hombre negro, que no tendría otra solución que la mecánica ante un problema tan vital como es la sexualidad para todos los hombres, también para el africano. La responsabilidad de los medios de comunicación es grande; no deben evadirla: corremos el peligro de perder algo fundamental para el ser humano.

No al pensamiento por poderes
Finalmente, afirmamos que los africanos son capaces de pensar por sí mismos, tanto sobre los problemas que les afectan como sobre aquellos que afectan a toda la humanidad. Deploramos y denunciamos el crimen que tiene su origen en los tiempos en los que nuestros hermanos y hermanas eran tratados como mercancía y como “bienes muebles” (Código Negro, art. 44) y que hoy consiste en obstinarse en pensar por nosotros, en hablar por nosotros, a actuar por nosotros, porque sin duda, no se nos considera capaces de hacerlo por nosotros mismos.

Quizá se diga que se ha confiado hábilmente a los operadores de medios de comunicación africanos el trabajo indecente de hacer de juglares para divertir al mundo y convertir a África en objeto de doble compasión: no sólo material sino también moralmente.

Pero no son estos africanos que ignoran las estructuras antropológicas más sólidas y los valores morales más firmes de África los únicos que ostentan autoridad para hablar en nombre del continente. Nosotros, obispos de la Iglesia católica del área Cerao, exigimos que se deje de pensar en lugar nuestro, de empujar a los africanos de la calle a hablar en nombre de África y de divertir al público a costa de nuestros pueblos.

Exigimos que para hablar de África, se respeten los valores fundamentales, sin los que el hombre no es ya hombre, y que se encuentran sintetizados en la dignidad de todo hombre, creado a imagen de Dios. Retomando el Concilio Vaticano II, ratificamos que “la criatura sin el Creador simplemente se desvanece”.

Agradecemos al Santo Padre el haber hecho del Dios del Amor y de la fe en él la más importante prioridad de nuestro tiempo. Justamente por el espejismo de que pueda haber otra prioridad se ha creado esta situación paradójica y violenta de pretender responsabilizarse de nosotros, saqueando lo más vital que tenemos: nuestra relación de fe, esperanza y amor con el Dios vivo, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y nuestra vida moral.

Abidjan, 7 de marzo de 2009.

Cardenal Théodore Adrien Sarr
Presidente de la Cerao
Publicado en L’Osservatore Romano, 18.04.2009, p. 2


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