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domingo, septiembre 27, 2009

Pablo Pineda: concha de Plata de San Sebastián

Pablo Pineda: Me jode el paternalismo. ¿Por qué me tratan como a un niño?

  • El protagonista de la película Yo, también supo a los ocho años que tenía Síndrome de Dowm.
  • Desde entonces, ha tenido un programa de televisión y terminó hace cinco años la carrera de psicología.
  • Asegura que se sintió identificado con los diálogos del largometraje.

Supo que tenía síndrome de Down a los ocho años. Pero a los ocho ya tenía un programa de televisión. A los treinta la carrera de psicología. Y ahora, a los 35, es también una estrella del cine: por eso concede entrevistas en San Sebastián, donde presenta Yo, también, película que protagoniza.

¿Qué pensó cuando le ofrecieron hacer una película?
Los directores me invitaron a comer, porque estas cosas se hablan mejor delante de un plato, y me lo comentaron: pensé que era totalmente descabellado. ¿Tú me ves planta de actor? Hace falta una técnica, saber actuar... Les pregunté si sabían en lo que se estaban metiendo, porque yo y mi familía teníamos dudas. Una película es algo muy potente, muy mediático, y yo no me veía ahí.


Pero terminaron convenciéndole.
Leí el guión y la historia me encantó. Y un tiempo después, cuando hice con ellos la prueba, me di cuenta de que me gustaba. Me veía bien, me enganché. Me picó el gusanillo, de verdad.


Cuando me ofrecieron hacer una película pensé que era totalmente descabellado. ¿Tú me ves planta de actor? ¿Se identificó con el guión?
Sobre todo, con los diálogos. Leer la palabra esfuerzo, lucha... Me llegó. Estaba leyendo todo lo que yo había vivido y luchado. Mientras leía el guión, no paraba de llorar: ¡en una mano tenía los folios y en la otra un paquete de pañuelos! ¿Cómo podía asemejarse tanto a mi vida?


¿Y en qué se diferenciaban Daniel, el personaje, y usted?
Él era más brusco, algo que no me gustaba. Yo soy más educado, más recto. Se lo dije a los directores, así que el personaje terminó siendo una mezcla. A cambio, él es más decidido, más lanzado, con más iniciativa.


¿Qué ha aprendido de él?
Cosas que me faltaban como persona. Lo que te digo: iniciativa, decisión, arrojo. He aprendido a no pensar tanto las cosas, porque termino quedándome en los pensamientos. Hay que tener más acción, más fuerza. También aprendí mucho de Lola Dueñas. Hasta me asustaba viendo cómo se metía en su papel.


¿Cómo fue el rodaje?
Muy fluído, y eso me animaba. Había mucha química con todo el equipo, y al final del rodaje todo cristalizó, convirtiéndose en un enorme abrazo entre todos.


¿Qué sintió al ver por primera vez la película?
Lloré y reí, porque tiene de todo. La vi este verano, con mi familia, y nos gustó mucho. Uno de mis hermanos, y me dan ganas de llorar cuando lo recuerdo, me dijo que estaba muy orgulloso de mí. Eso te anima.


Mientras leía el guión, no paraba de llorar: ¡en una mano tenía los folios y en la otra un paquete de pañuelos! ¿Cómo podía asemejarse tanto a mi vida? ¿Es usted tan romántico como su personaje?
El guión ya lo era, muy tierno, sin llegar a lo sensiblero. Tiene una ternura muy natural. Pero también yo lo soy. Me encanta descubrir cómo uno conoce a alguien, va cambiando, va encontrándose con la otra persona. No sólo soy un romántico empedernido: soy romanticón. Cuando hablo con una chica que me gusta me vuelvo loco: me hago el poeta, el trovador, y las digo que sus ojos me resultan embriagadores... Me salen palabras raras.


¿Cómo se siente ahora?
Mucho mejor. Más maduro, centrado y fuerte. Me he "Danielizado", en el buen sentido de la palabra. Y he aprendido a exigir respeto cuando lo merezco.


¿Qué es lo que más le molesta?
El paternalismo. Me jode bastante, porque no es bueno. Esa mierda de que somos eternos niños... ¡Soy una persona y tengo 35 años! ¿Por qué tienen que tratarme como a un niño? ¡Pero si yo puedo hacer muchas cosas?


¿Qué cosas hará ahora?
Unas oposiciones en el Ayuntamiento de Málaga que estoy estudiando. Son de temas legales, complicadas, un poco coñazo... Pero habrá que hacerlas: hay que seguir luchando y viviendo.


En tierra de nadie
A Álvaro Pastor y Antonio Naharro, directores de Yo, tambiénel trato con chicos con síndrome de Down les es familiar. Llevan años rodando con ellos cortometrajes y lo viven en primera persona: la hermana de Antonio, Lourdes (que actúa en la película), sufre este trastorno. Pero la experiencia con Pablo Pineda ha sido distinta.

<p>Pineda junto a la actriz Lola Dueñas y Lourdes Naharro</p>
"Antes de conocerle ya queríamos rodar un largo", explica Pastor, "pero le vimos en la tele y sufrimos un shock. Acostumbrados a otros pacientes, era como un extraterrestre. Hablaba de temas universales. Él sólo daba para hacer una película", afirma.

Pineda es, en efecto, especial. Su vocabulario es igual o superior al de cualquiera ("es un poco redicho", dice Pastor, "y él mismo bromea sobre ello"). Tiene una carrera universitaria, busca trabajo, le encantan las chicas. Pero tiene un cromosoma de más.

"Está en un sitio muy particular", explica Naharro, "en tierra de nadie. Su conciencia de sí mismo y su desarrollo intelectual le han hecho superar su incapacidad. Era perfecto para cuestionar conceptos como la normalidad, hablar de la soledad o de la dificultad de encontrar pareja".

Así que le conocieron y, de su mano, hicieron la película. Con mucho cuidado, en el aspecto físico ("no puedes tenerle quince horas de pie") y en el psicológico: "Con él siempre tienes que ir de frente", explica Pastor, "porque si le mientes te pilla. Así que le planteamos las escenas más duras preguntándole si había sentido alguna vez algo parecido. Y él se lanzaba a la piscina y las hacía. Y después salía. Disfrutaba entrando y saliendo de la emoción". "Es muy consciente de su problema", añade Naharro, "y lo puede trascender".


jueves, marzo 12, 2009

El primer universitario español con síndrome de Down se estrena como maestro

Mientras enseña tolerancia a los niños, la ley del aborto está exterminando a los niños Down por considerarlos una “malformación”.

pablo pineda

REDACCION HO.- Mientras los abortos que se acogen al supuesto de “malformación” del feto están impidiendo el nacimiento de niños Down, en Córdoba el primer español de estas características que ha terminado una carrera universitaria, Pablo Pineda, se ha estrenado como profesor durante tres días en el colegio público Miguel de Cervantes, de Montemayor (Córdoba), inculcando a los niños la tolerancia ante la diferencia.

Pablo Pineda, que nació con síndrome de Down en Málaga hace 30 años, es diplomado en Magisterio y está a punto de terminar la carrera de Psicopedagogía, participó recientemente en un anuncio televisivo de la Obra Social de Caja Madrid y dedica su tiempo a la defensa de los derechos de las minorías sociales.

En Tengo una pregunta para usted, una joven con síndrome de Down, Izaskun Buelta, interpeló al presidente del Gobierno a propósito de las personas como ella. Pedro Otón, el presidente de Down España, declaró al día siguiente de la emisión del programa:

“Me gustaría que alguien le preguntara a Izaskún Buelta, la chica que intervino en el programa. Si sus padres hubieran adoptado la decisión de abortar, no hubiese podido preguntar. La mayor parte de los embarazos con síndrome de Down terminan en aborto.”

Corrobora la acusación Rosario, una abuela que vive en una ciudad del norte de España y ha hablado con HO para narrar su experiencia.

Rosario tiene 6 nietos y hace apenas un mes nació la séptima. Lo hizo gracias a la voluntad de sus padres, que tuvieron que enfrentarse a unos “hábitos” médicos que en España son ya de uso corriente:

“Lo primero que le dijeron a mi hija es que la criatura que venía era Down e inmediatamente le propusieron abortar.”

Gracias a la voluntad de unos padres con convicciones y principios y al apoyo de toda la familia, hoy Rosario presume de nieta:

“Todos estamos locos con ella, no me cabe en la cabeza que una madre pueda abortar. No se dan cuenta de que el amor lo puede todo.”

Pablo Pineda ha explicado que la experiencia que ha tenido en los últimos tres días, en los que ha ejercido de profesor en un colegio, ha sido “realmente apasionante e inolvidable“, ya que la respuesta y la convivencia con los niños y los profesores ha resultado “emocionante“.

En estos días ha respondido a las dudas de los alumnos de todos los cursos del colegio y ha participado en varias actividades con ellos, que, según él, “sentían curiosidad por todo“.

En ese sentido, ha señalado que espera haber podido cambiar la mentalidad de muchos de estos alumnos con respecto al síndrome de Down, porque los niños “son esponjas que se quedan con todo“.

No obstante, ha subrayado que ha sido una explicación mutua, ya que se ha sorprendido de la mentalidad y de la actitud de muchos de estos niños, a los que ha explicado que el Down no es una enfermedad, sino “un conjunto de características“.

Pineda ha indicado que ha luchado muy duro durante toda su vida contra la indiferencia de sus compañeros de clase, especialmente durante su etapa en el instituto, por lo que ha tratado de inculcar a los niños que “no deben discriminar a las personas con síndrome de Down“.

Pablo Pineda ha señalado que su próximo objetivo consistirá en presentarse a las oposiciones de Magisterio, aunque todavía no se ha fijado una fecha.




Adopcion Espiritual

jueves, septiembre 27, 2007

Pablo Pineda


Dice Pablo Pineda que la primera noticia de que era síndrome de Down lo suyo la tuvo a los seis o siete años. “Un profesor de universidad que llevaba el Proyecto Roma, don Miguel García Melero, en el despacho del director me preguntó: ‘¿Tú sabes que eres síndrome de Down?’. Yo, inocentemente, le dije que sí, aunque no tenía ni idea. Él lo notó y se puso a explicarme qué era eso, aunque no era genetista, sino pedagogo. Y yo, como a todo le saco punta y tengo esa agudeza mental, le dije: ‘Don Miguel, ¿soy tonto?’.”

–¿Por qué se lo preguntó?

–No sé. Es difícil saberlo. Quizá, si a los seis años te asocian con un síndrome, tú lo asocias a ser tonto o no. Él me dijo que no era tonto, y le pregunté: “¿Y voy a poder seguir estudiando?”. El me dijo: “Sí, por supuesto”. Luego comenzó el proceso de la calle; los niños empezaron a decirme: “Pobrecito, está malito”. Y yo me enfurruñaba, porque no estaba enfermo.

–Pero sí veía que su cara era distinta.

–Eso sí. Que tenía los ojos más alargados, que las manos no eran iguales. No había visto a otros niños con síndrome, pero quizá tenía la mosca detrás de la oreja. Quizá tenía una inquietud. ¿Y esto del síndrome, qué falla será? En casa, mis padres nunca me habían comentado nada, pero después de la primera noticia le pregunté a mi madre: “¿Es verdad que soy síndrome de Down?”. Estaba con mi hermano Pedro, el mayor, que estudiaba medicina en aquella época, y empezó a explicarme lo que era la genética, los genes; así me fui enterando. Y volví a hacerles la misma pregunta que al profesor: “¿Puedo seguir estudiando?” “Claro”, dijeron los dos, “sin problemas”. Estaba muy a gusto en el colegio, con mis compañeros. Luego, durante un tiempo, no tuve interés de saber más; hasta que empecé a estudiar la carrera de magisterio, a los 21 años, al tocar el campo de la educación especial: ahí es cuando me entero de lo que es esta discapacidad. Aunque, al describirla, los libros hablaban de que era una enfermedad y de la cultura del déficit, de todos los problemas que tienen. Muy negativo. Y cuando empecé a leerlo me dije: yo no soy así.

–¿Pensó que era un síndrome de Down un poco especial?

–Exactamente. También pensé, además de que yo era especial, que otros muchos síndromes de Down que ya conocía tampoco eran como los describían los libros. La literatura nos pone peor de lo que somos, y nos aparta. Sobre capacidad motórica, te explican todo lo que deberían tratar en capacidad mental. Lo mental siempre se vende peor que lo físico. Dicen que somos deficientes, que somos retrasados. Y que no hay ninguna solución, que es lo peor. Se quedan con las alteraciones visibles, y asocian lo mental con la locura, porque antes no se distinguía entre deficiencia mental y enfermedad mental. Y todavía se distingue mal... Así que cuando la gente ve a un paralítico mental dice: ése está loco. Deficiencia se asocia con locura.

–¿Le costaba estudiar más que a los demás?

–No. Bueno, los números y las matemáticas no me gustan nada; pero eso no es algo extraordinario, ni característico de un síndrome de Down.

–Supongo que la adolescencia debió de ser una etapa más dura que la infancia.

–He pasado por distintas épocas. Cuando empecé en primero de BUP (el bachillerato único polivalente), nadie se esperaba un síndrome de Down en un instituto, y la gente me miraba como diciendo: que hace éste aquí. Hicieron una cosa ilegal, que los profesores tuvieran que votar mi admisión en el instituto. Así que fue duro. Pero poco a poco me fui sacando ese torrente de magia o de cariño y fui conquistando a mis compañeros, porque era muy consciente de que debía hacerlo. Con los compañeros sabía que tenía que atacar charlando, metiéndome entre ellos, y eso fue lo que hice. Y reaccionaron muy bien; en primero, fue una relaciónbonita. Y a los profesores, a pesar de que habían votado, a muchos los fui conquistando, aunque a ellos fue por lo cognitivo. Les preguntaba en clase, me interesaba, y eso los descolocaba. Después, en segundo, ahí todo fue fatal. Quizá porque los niños con 14 años siguen siendo niños, pero los de 16 se hacen los duros, son crueles, y entonces comenzaron a mirarme por encima del hombro, a no hablarme. La vida era imposible.

–¿Y qué hizo?

–Al principio me sorprendí. Me desanimé y pensé en tirar la toalla. Tampoco sabía cómo contárselo a mis padres, así que me lo callé todo. Los de primero eran profesores jóvenes, pero en segundo eran mayores y no creían en mí. Decían que ese niño no podía aprender, que no sabían cómo iban a enseñarme, que no iba a aprender nunca, que las matemáticas me costaban un montón. No veían ninguna luz y empecé a deprimirme.

–¿Qué asignaturas prefería?

–La historia y las ciencias sociales me encantaban. Me leía los anuarios. Y también me gustaba el griego. El profesor era muy joven, acababa de entrar en el instituto, y me encantaba cómo me enseñaba.

–Hemos llegado a tercero. Entonces, ¿qué pasa?

–Pues que todo vuelve a estar bien. Tengo muchos amigos, hacemos viajes.

–¿Y cuándo se aceptó del todo?

–Pronto. He dado conferencias, y en una de ellas, cuando tenía 14 años, una señora me preguntó si me haría la cirugía estética para cambiar los rasgos de mi cara. Y le dije: “No, los tengo a mucha honra”. Y luego: “¿Es que no te gusta como soy?” Yo he sido muy exigente conmigo mismo.

–Uno de los problemas que tienen los Down es que la sociedad suele tratarlos como niños. Esa lucha para crecer, a veces debe hacerse contra la propia familia.

–Por ejemplo, mi físico es el mismo de hace años, no veo cambios en mí. Cuando me preguntan cuántos años tengo y digo 29, me dicen que no los aparento. Eso me molesta. Sé que es por el físico, pero no me gusta que me traten como a un niño; pero es muy difícil. Es verdad que la gente piensa que eres un niño siempre.

–Quizás a algunos discapacitados los atrapa eso. Prefieren no crecer, como muchos otros niños, y ser Peter Pan para no enfrentarse con un mundo que suponen hostil.

–A mí no me pasó. Cuando tenía 14 o 15 años era tanta mi propia autoestima que todo el lado conmiserativo no me gustaba nada. Quería salir de eso, demostrar quién era y lo que podía hacer.

–En realidad, su vida debe ser difícil, necesita ser un buen guerrero para llevarla.

–Sí que es duro, más que nada porque siempre tienes que estar demostrando que puedes. Que puedes hacer esto o lo otro, que puedes viajar. Es muy cansado, te hartas. A veces piensas que los prejuicios han disminuido, pero es que están más soterrados. En el ingreso hubo un acto de fin de curso. Todos los premios se los llevaron las chicas, menos dos que fueron para otro chico y para mí. Al final, el director dijo: “Y ahora os voy a hablar de un chico que todos conocéis, que ha hecho un gran esfuerzo, pero a quien no se le ha regalado nada. Ese chico es Pablo Pineda”. En cuanto dijo mi nombre, el salón de actos se puso en pie a aplaudir. Me quedé de piedra.

–¿De qué le sirve a usted esta atención que despierta?

–Para mí no es nada, pero para el colectivo, todo. Lo hago por el colectivo. Debo hacerlo, me siento deudor con este colectivo desde que era pequeño. Desde el programa “Hoy habla Pablo”, cuando tenía ocho años y salí por primera vez en televisión, y ya dije que a los síndrome de Down había que llevarlos al colegio con los demás niños y dejarlos jugar en los recreos.

–Es curioso que con el tiempo se haya convertido en la estrella de su familia.

–Sí lo es. Tengo dos hermanos con carreras universitarias superiores, y yo que soy el pequeño y síndrome de Down... Yo no creo en el destino y todo eso; pero, sin embargo, desde muy pequeño me di cuenta de que el hecho de estar marcado por el síndrome de Down me obligaba a algo. No ser normal te marca, la sociedad te pide algo por ello. A mí me ha pasado.

–Una señora que sabe mucho del síndrome de Down me decía que no todos los Down son iguales, y que eso explicaba que usted hubiera podido estudiar.

–Ese es el discurso de rizar el rizo. Sí, pero resulta que las diferencias no se explican genéticamente, se explican culturalmente. Ahí es donde se marca la diferencia entre un Down que puede llegar a estudiar y otro que no. Pero nos dividen entre niños mosaicos, o Down por traslocación, o puros; ésas son las tres clases de Down que existen, genéticamente hablando.

–La señora de quien le hablo me dijo que para haber llegado a la universidad tiene que ser mosaico.

–Sí, o bajorrelieve... Yo soy puro, soy normal. Dicen que los mosaicos tienen más capacidad que los otros, pero resulta que yo no soy mosaico... Así que mi caso deja bien claro que lo genético no explica la diferencia. Ya me lo han dicho más veces, que tengo que ser mosaico, y que de otro modo no se lo explican. A veces la comunidad científica y la gente es torpe, y no entiende nada que la genética no les explique.

–¿No es eso como admitir, de entrada, que casi no hay nada que hacer por ustedes?

–Claro, como si no pudiéramos ser estimulados, como si no pudieran enseñarnos. De ese modo no tienen que asumir su responsabilidad. ¿Y cómo lo explican? Pues diciendo que éste es mosaico. Otro argumento es decir que tengo un síndrome leve, o que soy límite. Pero no, soy puro.

–La primera vez que hablé con su madre, ya me di cuenta de que no era una madre corriente.

–No lo es. Nada de esto hubiera ocurrido si ella no hubiera actuado como lo hizo. Y de una madre no corriente nace un síndrome de Down que para mucha gente no es corriente.

–Pero dentro del Proyecto Roma, que es europeo, ¿cuántos han ido a la universidad como usted?

–Sólo yo. Pero igual que entre los normales hay diferencias, y no todos llegan a la universidad, lo mismo pasa con nosotros. Cada uno llega a lo que llega. Y eso me da una responsabilidad muy grande. Hace unos días, unos padres que iban a un congreso internacional del Proyecto Roma me decían: “Pablo, tú eres un pilar fundamental del proyecto”. Me lo han dicho muchas veces, que he marcado un camino.

–¿Sus padres le han empujado a que usted mismo hiciera las cosas, consultaron a los médicos cuando era pequeño?

–Cuando empezamos, más que consultar a los médicos, eran ellos los que decían a los médicos qué había que hacer. Ellos decían: este niño no podrá aprender más que las cosas más sencillas, y mis padres no les hacían caso: tu ocúpate de las amígdalas, que yo me ocupo de su educación. Nunca creyeron que no podría aprender, nunca creyeron a mi médico, y eso que era muy bueno y me quería mucho, pero su mentalidad era de aquella época. Mis padres siempre pensaron que yo debía ser autónomo y me educaron para ello. Don Miguel López Melero ha sido un acicate. Cuando era niño, me hacía pequeñas putaditas. Por ejemplo, decirme que me iba a recoger y luego no venir, dejarme solo, para ver qué hacía. Fíjate qué listo. Y yo, además de maldecir a toda su parentela y de estar muerto de hambre, pues tenía que arreglarme la vida, tomaba un autobús. Toda una aventura. Todos, mis padres, mi hermano, mi tío, se turnaban para espiarme detrás de un periódico, como detectives. Incluso si caían cuatro gotas y le pedía a mi padre que me llevara al colegio, me decía: “Ponte el impermeable y vete en autobús”. Mis padres han sido fuertes, nunca han cedido, nunca les he pillado el punto débil.

–Entonces no ha estado superprotegido.

–Pero sí tuve una figura protectora. Era mi tía Encarna. No tenía hijos y me quería mucho. Hasta hacerme mal, en el sentido de que cuando iba a su casa me untaba la mantequilla en el pan, por ejemplo. Si me quedaba solo en casa, me decía que fuera a dormir con ellos, no pensaba que podía dormir solo. Cuando murió fue un mazazo, pero también un punto de inflexión; dejé de tener a alguien que me protegiera de ese modo. Poco después de que ella muriera, mis padres tuvieron que viajar, y eso para mí fue una lección de autonomía. ¡Por fin! Porque mi tía me adoraba, pero era el elemento perturbador. Una vez fuimos de viaje con Miguel Melero, ella era muy sorda, y en el aeropuerto empezó a ponerme el azúcar en la leche. Entonces, don Miguel hizo una cosa muy bruta: le pegó un manotazo a mi tía, cosa que le sentó fatal. ¡Ja, ja, ja! El caso es que cuando ella murió disfruté de esa autonomía. Tenía que ir a comprar, manejar dinero. Fue un cambio muy grande, empecé a hacerme la cena: el huevo frito, la ensalada, el churrasco. Son cosas fáciles, pero normalmente un síndrome de Down no las hace; si tiene unos padres protectores no lo hace. Porque hay fuego, agua hirviendo, etcétera.

–Usted tiene un buen vocabulario.

–Leí muchísimo. Anuarios, revistas, periódicos. Todo.

–¿Y novelas?

–Mi madre me dice: “Tienes que leer novelas en vez de leer anuarios”. Pero los anuarios me encantan. No sé, pero tengo mucha memoria y asocio lo que pasó un día con lo que ese mismo día me pasó a mí. Las novelas no me dicen nada. Prefiero escuchar Los 40 Principales que leer una novela. Parece una tontería; es más, es una tontería decir algo así, pero ¿qué pasa?, pues que Los 40 Principales es lo que escucha la gente de mi edad, el mundo real; es la música que escuchan los jóvenes. Y las novelas no lo son. Los jóvenes no leen novelas, y a lo mejor por eso yo tampoco las leo. ¿Qué quiero yo? Pues ser un joven, reivindico ser un joven. Ése es un tema que tengo con mis padres, un debate filosófico. El año en que lo pasé mal en el instituto, aquella lucha con los chicos, eso me hizo madurar. Tenía 15 años, y los padres a esa edad tienen un gran peso; entonces me aficionaron a la música clásica, a la cultura, y yo me quedaba en la burbuja adulta de la cultura, en lo sesudo. Y cuando me quedé solo en casa, me dije: ahora tengo que sacar mi parte más joven, esto se acabó. Se acabó Beethoven. Mi madre dice que me he convertido en infantil, que he retrocedido, que antes me interesaba la cultura más que ahora. Pero no es eso... Lo que estoy haciendo es ponerme en mi sitio. Me hace falta la música moderna, los grupos. Es que estaba estudiando a Piaget con canto gregoriano. ¡Imagina estudiar a Piaget con canto gregoriano! Para morirse, vamos; para tomar los apuntes y tirarlos por la ventana. Lo cambié por Los 40 Principales, y como que me animé y hasta me entraba más fácil.

–¿Y piensa que, como hacen los adolescentes, se está enfrentando ahora a sus padres?

–Sí. Viví demasiado con los adultos. Incluso me lo decía mi profesor de apoyo: “Pablo, que te estás aislando”. Porque me quedaba en casa con los libros y la música clásica. Y ahora hay otra puerta, la use o no. Creo que esto forma parte de la lucha por la autonomía, por primera vez me atrevo a tener mis propios gustos. Cuando veo a mis sobrinos, que están ahora con el violín, con el canto, pienso: con 15 años, mira que son sosos. Con 15 años, lo que uno quiere es salir y divertirse. Pero no lo digo nunca, me lo callo, pero lo pienso. Si yo tuviera 15 años, me iban a meter a un coro a cantar el miserere... Y eso no quiere decir que no esté bien con mis padres. Pero es otra cosa. Ellos se están acostumbrando; me han dejado, creo, como un caso perdido. Antes, si quería ver Operación Triunfo, me decían: “Pablo, ¿qué haces?, eso es un comecocos”. Ahora saben perfectamente que lo voy a ver.

–Antes decía que su profesor le decía que se estaba aislando. ¿Hasta dónde llegaba su confianza con él?

–Con él hablaba de todo, de cosas que no hablaba con mi madre: de sexo, por ejemplo.

–¿A qué edad empezaron a gustarle las chicas?

–Siempre. Siempre estaba enamorado. He tenido muchos amores platónicos. Cuando veo una niña muy guapa, es que ya me estoy enamorando. Las chicas guapas me encantan. En BUP ya me interesaba estar con las chicas. Las de clase me trataban con naturalidad, una me metió en un grupo de Acción Católica. Salía con ellos, después de la misa nos esperábamos fuera. Y un día, era 1992, después de las navidades, los esperé como siempre. Diez minutos, quince, media hora, tres cuartos de hora, y allí no salía nadie. Estaba mosqueado, hasta que apareció alguien. “¿Oye, dónde está la gente?”. Contestó que se habían ido hacía tiempo. Me fui llorando a lágrima viva. Llegué a casa de mis tíos con los ojos supercolorados. “Pablo, ¿has llorado?”. Y a partir de ahí dejé el grupo. Luego estuve con los boy scouts. En aquella época siempre buscaba amigos y quería saber qué pasaba con las chicas, cuál era su mundo. Entonces desconocía el significado del concepto desengaño. Apareció otra chica, siempre las encontraba, y me encandilé. Era muy guapa, lo intenté, “qué guapa eres”, hasta que un día vi al novio, y vaya... Cuando se lo comentaba a mis padres, me decían: “Hombre, Pablo, es que tú te fijas en unas chicas muy guapas”. En aquella época era un enamoramiento espiritual, más que carnal.

–¿Y luego?

–En los scouts había otra chica, ¡Dios mío de mi vida...! Y lo mismo. Hasta que en un campamento se mascó la tensión. Estaba el novio de ella, era un compañero, y él en broma dijo: “Así que te gusta fulanita...”. Fue terrible, lloré, me fui, ella vino hacia mí: “Pablo, somos muy buenos amigos, no tenemos que dejar de ser amigos”. ¡Qué mal me sentí! Fue lo peor que podía decirme. Y así me di cuenta de que el tema de las chicas era muy difícil..., una dificultad añadida. Supe que el síndrome de Down iba a marcar mi vida, que las chicas no querían enamorarse de mí porque era síndrome de Down. Y todavía me sigo rebelando contra ese pensamiento. Pero sé que esa posible novia debería ser tan especial que pocas podrían serlo. Las chicas normales no me quieren; tienen muchos prejuicios, tienen miedo, tienen una familia. Fíjate lo que diría un padre que se diera cuenta de que su hija tenía un novio con síndrome de Down...

–Pero dice que se rebela contra ello. ¿Podría ser su próximo reto encontrar una chica apropiada?

–Pero besarse ya sería un escándalo público. Imagínate. Los mayores se escandalizarían, irían a buscar un guardia, se armaría la gorda. Me da miedo. Hace un par de años estaba solo en la playa, hablando por el móvil, y a los cinco minutos ya tenía un guardia civil al lado. “¿Te pasa algo?”. “Nada”. “Es que me ha dicho una persona que estabas perdido.” Imagínate, por estar hablando por el móvil... Si estoy besándome con una chica, no es que venga un guardia civil, vienen cinco.

–¿Le gustaría vivir solo?

–Poder, podría, pero se está muy bien en casa de los padres, las cosas como son. El otro día vi un reportaje sobre universitarios donde se decía que la mayoría vive con sus padres, porque la vida está muy cara y eso... Yo me considero uno más, tengo los mismos problemas que cualquier universitario. Además empecé a trabajar en febrero, en el área de bienestar social del Ayuntamiento. Me dedico al sector de los discapacitados, soy lo que se llama un sensibilizador. Viene gente con discapacidad a preguntarme qué puede hacer, y sus padres, a consultarme.

–Después de sacar una diplomatura en magisterio en la universidad, ahora se está licenciando en psicopedagogía.

–Es un poco más difícil, más abstracto. Sobre todo la parte de los psicólogos, como Piaget. Es como un desierto. Espero acabar este curso, y entonces será cuando oficialmente me licenciaré. Y mi destino quiere ir por ahí, aconsejando, orientando. Ahora el director del área de bienestar social me ha incluido en un proyecto de la Unión Europea que es para fomentar el empleo con apoyo, y para lo cual hay que hacer una labor sensibilizadora muy importante; yo voy a ir a las empresas con ese fin. Quieren crean una red de empresas solidarias donde puedan trabajar los discapacitados. En este trabajo estoy con un equipo eminentemente femenino, con Inés, María, Lola, y otros dos chicos, Dani y Andrés. Es un apoyo psicopedagógico, y estoy contento, hace que me sienta útil.

–Leía el otro día en un libro que ser Down, como sucede con otras cosas, lo coloca a uno en una categoría que pesa mucho más que las potencialidades que se tengan, los talentos que pueda tener.

–Te etiquetan y de ahí no sales. Toda la vida voy a llevarlo encima. Así como a David Bisbal le llaman el triunfito, a mí me llaman el síndrome de Down. Hay consuelos, como que el director del área de bienestar social les dijera a mis compañeros: “Explotar a Pablo, que tiene mucha capacidad”. Es decir, yo veo que en el trabajo me consideran útil, y eso me gusta. Pero lo que más me compensa es demostrar lo que somos capaces de hacer, que lo vean a través de lo que yo hago. Claro que esto sólo se puede entender si a uno le importan los demás, si eres progresista.

–¿Usted lo es?

–Lo soy. Por eso critico ese discurso conservador que hay ahora, en lo educativo, lo social, lo político. Por eso me pongo en contra de la ley de calidad educativa, porque es conservadora y significa una involución en el plano de la educación de los discapacitados. ¿Cómo se llama de calidad una ley que consiste en hacer más exámenes y reválidas en una sociedad en la que hay que potenciar los valores sociales? Es una ley retrógrada con respecto a todo lo que se ha hecho en la anterior época en medios de atención. Yo no puedo estar a favor, el discurso de ahora es meternos en guetos. Como tampoco puedo estar a favor de la guerra. Es que no puedo. Ni con los políticos que están ahora en el poder. Y además, el discurso respecto a los discapacitados es global, afecta lo mismo a los Down que a los negros, a los árabes; a todos los diferentes. El respeto a los derechos humanos, el de ser todos iguales, es lo que tiene que estar por encima de todo. Por encima del dinero, del poder, de la competitividad. Y en eso se está retrocediendo. Con los líderes tan conservadores que tenemos en el plano mundial, Berlusconi, Sharon, Bush..., ¿adónde vamos a ir? Nos ha tocado vivir un momento muy duro a los progresistas.



De El País, de Madrid

Recogido en Estimulación Temprana