domingo, diciembre 23, 2007

Testimonio de Fernando y sus experiencias con el aborto



Mi vida ha sufrido un cambio total a raíz de todas mis experiencias con el aborto.


Mi vida ha sufrido un cambio total a raíz de todas mis experiencias con el aborto. La primera de ellas sucedió a mediados de los años ochenta. Ni siquiera sé si entonces ya estaba despenalizado el aborto en los tres supuestos. El hijo no era mío, pero lo sentí como si lo fuera porque la madre era una amiga muy cercana. Yo tenía por entonces 25 años y ella 20. Me pidió ayuda porque se había quedado embarazada. Estaba terminando sus estudios y no quería tenerlo. No sé si su compañero lo sabía. Era verano y estábamos varios amigos en el pueblo. Y de repente, uno de ellos comentó que conocía a una médico que practicaba abortos en casa por unas treinta mil pesetas. El dinero no fue problema, parece que te viene sin pedirlo. Después de pensarlo, decidimos llamarla. Lo organizamos en casa de una amiga de la chica y la médico nos aseguró que no pasaría nada. En caso de que ella tuviera una hemorragia, bastaría con llevarla al hospital sin dar explicaciones. Pensándolo después, el hospital más cercano estaba a ochenta kilómetros. Fue una auténtica locura.



Organizamos todo entre una habitación y la cocina. La doctora empezó a sacar instrumentos que cocimos en cacerolas y comenzó la operación, que duró cuatro horas. Fue horrible: el legrado se complicó, la chica perdió mucha sangre y sufrió muchísimo. Fue un milagro que no le pasara nada, porque los instrumentos se mezclaban con cosas de la cocina y las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear. De hecho, siempre pensé que esa chica nunca podría tener hijos. Afortunadamente me equivoqué: hoy está casada y es madre.



Yo estaba en el salón en un estado de nerviosismo extremo. La médico se marchó al día siguiente, y allí nos quedamos una amiga y yo para cambiarle las compresas, pues perdió muchísima sangre.



Aún hoy lo recuerdo como una carnicería. Y siempre igual: casi nadie se enteró. Silencio total. Me juré a mí mismo que jamás volvería a aceptar algo así. Quién me iba a decir a mí que la vida me depararía más encuentros con el drama del aborto…



Tiempo después, me fui a vivir con la que sería mi pareja durante cuatro años, Teresa. Al comenzar nuestra relación se colocó el DIU, y no sabemos cuántos abortos provocados por él vivimos sin darnos cuenta. Pero la relación empeoró con el tiempo y yo buscaba la manera de romper con ella, que por entonces ya vivía en otra ciudad. Cuando me trasladé a Córdoba conocí a una chica llamada Elisa, con la que tuve «un desliz». Emocionalmente era una manera de empezar a romper con Teresa. Al poco tiempo Elisa me comunicó que estaba embarazada. Yo ya lo intuía, porque jamás usaba preservativo, confiaba en el coitus interruptus, o quizá en la buena suerte. Mi primera reacción fue insistir en que siguiera adelante con el embarazo y que le diera importancia a la vida, aunque también le expliqué que no me podía comprometer a llevar con ella el embarazo, pues teóricamente aún tenía pareja, Teresa. Aun así, reconozco que no tenía muchas esperanzas de que Elisa continuara adelante con él. De todos modos, ella no me estaba pidiendo ningún consejo, simplemente quería que yo lo supiera.

Poco tiempo después me avisó de que tenía cita en una clínica para abortar.



Elisa estaba convencida de que el niño hubiera sido un estorbo para nuestra relación y que, de tenerlo, sería una obligación para los dos y así no saldría nada bien. Hoy estoy seguro de que si hubiera sido firme en mi postura ella hubiera tenido al niño.



Quise acompañarla a la clínica, pues sentía que también era «mi problema». Fuimos con una amiga de ella. Yo estaba muy nervioso. Incluso Elisa trató de tranquilizarme, aunque no lo consiguió. Quise pasar con ella a hablar con el médico o el psicólogo, pero no me dejaron. El ambiente era muy serio y tenso, recuerdo haber estado todo el tiempo rezando Padrenuestros. Por aquel entonces, aunque abortar no era una alegría, en el ambiente en el que nos movíamos era algo aceptado por la teórica «libertad sexual» que todos teníamos, pero prácticamente no se lo dijimos a nadie. Parecía que abortar era muy moderno; aun así supongo que nos daba vergüenza. Todo fue muy rápido: llegamos a las once de la mañana y antes de comer salíamos por la puerta como si nada hubiera pasado.

Al poco tiempo, nos fuimos los tres (Elisa, su amiga y yo) de viaje pensando en distraernos.



Elisa y yo volvimos a tener relaciones, a pesar del riesgo evidente de hemorragia. Y así nos engañamos los dos con la idea de que, eliminando al niño, podríamos vivir nuestro amor sin ataduras; pensábamos que podía ser una obligación para estar juntos, un estorbo. No pasó mucho tiempo cuando nos dimos cuenta del engaño, porque tras el aborto yo seguí mi relación con Teresa y ella continuó sola. Nos vimos alguna vez más, pero a partir de entonces nos separó ese acto contra natura, ese muro vergonzoso que sólo se supera aceptando lo mal que has actuado. Varios años después, reconocí ante Elisa que me arrepentía verdaderamente de aquel aborto. Ella me escuchó, pero no me dijo nada parecido. Creo que hoy sigue pensando que el aborto es una opción como tantas otras.





Mi tercera experiencia con el aborto fue aproximadamente dos años después. Hacía tiempo que había terminado mi relación con Teresa, y también había tenido otro noviazgo tempestuoso que había durado unos meses. Necesitaba estar en soledad, pero dejé embarazada a una amiga, Carolina, después de acostarnos juntos sin usar preservativo. Ella me había asegurado antes que no pasaría nada, porque aún tenía la menstruación. Cuando me llamó para comunicarme la noticia yo no podía creerlo: Carolina ya tenía dos niños más. Me quiso hacer creer que el niño no era mío, pero yo sabía que no era cierto, desde el primer momento lo presentí. Aun así, me refugié en la duda de paternidad para no plantearle el tema de seguir con el embarazo y la acompañé a la clínica para abortar. Todo fue igual de rápido. Yo no hablé con nadie y nadie me preguntó nada. Simplemente estuve con ella en la habitación donde tenía que descansar después de la intervención. Después me limité a conducir y llevarla a su casa. Cuando pienso en lo cruel que fui, en el fondo siento pena de mí mismo.



Llegué un viernes, el sábado la acompañé a la clínica y el domingo volví a mi casa. La dejé allí acostada sola, con sus hijos… Recuerdo bien ese domingo que volvía a mi casa: era como volver con las manos manchadas de sangre y no tener absolutamente nadie a quien contárselo, porque no podría consolarme nadie. Fue un vacío horrible, no tiene comparación alguna con otros momentos de soledad y desesperación que he tenido en mi vida. Una sensación de soledad sin solución, una vivencia de muerte en vida.



No hablé con nadie: se entendía que el aborto era una cosa muy personal de la mujer y que no tenía derecho a comentar nada, ni siquiera mis angustias o mis dudas. Además tenía que aparentar fuerza, puesto que ese era teóricamente mi papel, el de hombre. Cuando lo pienso, me dan ganas de gritarme a la cara lo cobarde que fui al no decir las cosas que sentía de verdad. Todo por intentar vivir un progresismo falso y lleno de egoísmo. Varios años después, Carolina me confesó que se había hecho una ligadura de trompas por temor a vivir otra vez la experiencia del aborto. También reconoció que hubiera tenido el niño si yo se lo hubiese pedido. Lo peor de todo es que yo lo sabía perfectamente.



Ella no ha vuelto a conseguir la estabilidad emocional con ningún hombre. Quizá ese hombre era yo y no quise. Siempre he pensado que se me han concedido muchos regalos, entre ellos buenas oportunidades con mujeres bondadosas. Pero yo las desaproveché todas, de manera consciente o inconsciente. Si ella hubiera tenido el niño, estoy seguro de que habríamos seguido juntos como pareja.





Mi cuarta experiencia con el aborto llegó sin ni siquiera verla venir, en un momento en el que creía haber llegado a cierta estabilidad emocional al lado de Rebeca, una mujer que sabía lo que quería, equilibrada, con ilusión de empezar una nueva vida después de un fracaso matrimonial y una depresión. Queríamos formar una pareja estable, incluso habíamos pensado en casarnos. Era católica y volví a ir a la iglesia por ella. Todavía recuerdo los momentos de paz al estar sentados en los bancos, mientras escuchábamos las homilías llenas de esperanza que el sacerdote pronunciaba. Pero yo aún no había traspasado ese límite en el que uno se da cuenta de que la fe empieza a bullir en el interior…



Ella decidió empezar a usar pastillas anticonceptivas. Todo comenzó cuando, en una visita al ginecólogo, le detectaron un problema por el que tuvo que dejar de tomarlas durante un tiempo: el justo para quedarse embarazada. Al principio no nos lo creíamos. Yo me sentía más seguro que con ninguna otra relación y la idea no me aterrorizaba. Pero a Rebeca, para mi sorpresa, le preocupaba muchísimo. La descompuso totalmente, no entraba en sus planes. No he podido comprender nunca el porqué de ese terror ante la maternidad. Siempre lo he justificado pensando que ella era la mayor de una familia ante la que debía aparentar una vida normal. Me llamó mucho la atención el día en que Rebeca me aseguró que la decisión del aborto estaba tomada y que yo no tendría que preocuparme de nada. Y yo, como siempre, callé. Maldito silencio. Todo por adoptar una posición progresista, todo por no contradecir sus «derechos». En el fondo era como una reacción de hombre, hacerme fuerte en la adversidad porque, en teoría, era lo que Rebeca esperaba de mí. Yo estaba triste, andaba cabizbajo, pensando que el aborto no traería nada bueno… Pero no hicimos nada.



Cuando fuimos al ginecólogo encargado del aborto nos explicó que debíamos esperar un mes más hasta que el feto fuera lo suficientemente grande como para verlo en la ecografía y poder practicar con eficacia la succión, que sería el método empleado para interrumpir el embarazo. Pensé que el retraso podría ser una esperanza para que, al final, Rebeca no abortara. Pero al cabo de un mes volvimos a la clínica, donde se volvió a practicar otro asesinato, la misma tragedia. Y a las once de la mañana ya estábamos desayunando en una cafetería cercana como si no hubiera pasado nada. Y de repente, meditando sobre este nuevo evento tan trágico, comprendí el mensaje: no podía seguir jugando a ser un niño que no tiene responsabilidad alguna en sus actos.



Aunque Rebeca vino ese fin de semana a mi casa para descansar, yo fui a la Romería de la Virgen de Ubidot. Sabía de sobra lo mal que estaba hacer eso en aquellos momentos, pero me fui. No sé cómo me atreví a presentarme en ese lugar sagrado después de haber despreciado una nueva vida que se nos había regalado… Cuando volví a mi casa, Rebeca se había marchado a la suya. Y yo no fui corriendo a buscarla, como si pretendiera convencerme a mí mismo de que lo que habíamos hecho no era tan grave. Pero algo esencial se rompió para siempre. Tiempo después empecé a ir a un psicólogo porque las cosas entre Rebeca y yo no iban bien. Me aconsejó que me distanciara un poco de ella para ver con más claridad qué era lo que quería hacer con mi vida. Pero ella lo entendió como un intento de romper nuestra relación, y poco tiempo después acabó definitivamente.





Si he sido capaz de contar este testimonio, ha sido para evitar que pueda ocurrirle lo mismo a otras personas por desconocimiento o por dejarse llevar. También lo hago para pedir públicamente perdón a aquellas mujeres ante las que no tuve la valentía de portarme como un amigo y como una persona valiente en circunstancias difíciles. Yo no defendí la verdad, que es el único camino de liberación para el ser humano. Debemos empezar a llamar las cosas por su nombre: el aborto es un asesinato, ante el que no queremos asumir el papel que nos ha tocado por naturaleza ni la responsabilidad por nuestros actos.



A los amigos que me dijeron que no pasaba nada, querría decirles que no es cierto: sí pasa. Llevaré esos abortos en la conciencia toda mi vida. Han repercutido en ella de manera negativa para siempre. Sé que, como hombre, he vivido estas situaciones un poco «al margen», ya que las mujeres lo siguen viendo como algo exclusivamente suyo, lo cual es un problema: el padre tiene todo el derecho a intentar que la mujer siga adelante con su embarazo, porque el niño es de ambos.



Reflexionando sobre lo que hubiera podido ayudarme a que esto no hubiera pasado en mi vida, he encontrado varias cosas. Primera, una educación sexual sana. Cuando comencé a tener relaciones sexuales lo hice para pasármelo bien, sin pensar en las consecuencias. Como la píldora era ya muy usada, podía tener relaciones sexuales sin preocuparme. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que el sexo no puede desligarse del alma. Está unido al espíritu del hombre y de la mujer. Aunque pretendan engañarnos, el hombre y la mujer sufren cuando viven el sexo sin amor, pues es una manera de violentarse.



La segunda cosa que me habría ayudado es haber hablado del tema del embarazo con más libertad con los padres, los amigos, los profesores… Hablando de ello, quizá habríamos defendido a nuestro bebé. Pero el silencio te reduce a un rincón donde no hay nadie, y del que no puedes salir hasta que no te deshagas de tu «problema».

Tercera: debería haber más asociaciones en defensa de la vida, más actos en los que se cuente llanamente la verdad —que el aborto es un asesinato—, más política social a favor de la familia, a favor de los hijos, que son la esperanza y riqueza de la sociedad. Puede que si hubiéramos visto todo esto no nos hubiésemos atrevido. No lo sé. Recuerdo una tienda de electricidad en el centro de la ciudad, en cuyos mostradores vi una vez carteles en contra del aborto. Me llamó mucho la atención. Sólo estas personas gritan con valentía lo que otros no quieren oír.

Después de todas aquellas relaciones fracasadas, me encontré con un sosiego que no esperaba, la tranquilidad de no tener obligaciones con nadie. Era como haber reconquistado la soledad que hacía años que no tenía, porque siempre me las había «apañado» para no estar solo. Mi primer paso con el psicólogo fue darme cuenta de que no podía dejar que las necesidades sexuales me condicionaran la vida, que era mejor estar solo incluso a costa de no satisfacerlas. Y empecé a sentirme bien, a mirar de nuevo en mi interior. Descubrí que mi vida había sido un completo desastre hasta ese momento.



No es cierto que para abortar haya que ser valiente. Es un simple tópico. Siempre hay otra salida: la de la vida, la que eligieron nuestros padres para que nosotros estemos hoy en el mundo. Hay esperanza si hay vida. Desgraciadamente, vivimos inmersos en la idea de que es preferible la nada al dolor. Es precisamente la lucha lo que hace que experimentemos el amor al que todos estamos llamados. Porque el amor es lo único que merece la pena en esta vida


Adopcion Espiritual

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